Pablo escribe la Epístola a los Romanos en plena forma, aprovechando las interesantes experiencias teológicas que campan por la Carta a los Gálatas, tan desenfadada. Hace en ella una importantísima aportación al pensamiento cristiano. Abre un camino cuyo interés fundamental es que no tiene como término las reflexiones que encontramos en la epístola, sino que está abierto a futuras exploraciones. Este escrito, el más extenso de Pablo, no tiene vocación de ser un texto definitivo ni definitorio, pero sí es una mirada de fe de primer orden desde su aquí y ahora y desde la propia situación del autor, que nos regala algunas de las mejores páginas de la literatura cristiana. 

El Pablo que se dirige a la Iglesia de Colosas también se ha sentido tocado por el soplo de Dios en nuevas reflexiones a partir de nuevos problemas y, en una carta con chispazos de indudable inspiración, hace un esbozo del misterio de Cristo y su Cuerpo mesiánico, que va a sentir la necesidad de reformular en la llamada Carta a los Efesios. Es tiempo de cadenas. No tiene posibilidad alguna de ir de un lado para otro con la palabra del Evangelio, que es la causa de su prisión. Pero aprovecha esa circunstancia para animar con su testimonio a unas iglesias que sólo conoce de oídas, pero que están de algún modo emparentadas con su misión, ya que son obra de hijos suyos en la fe. 

Por este mismo tiempo escribe desde su cautividad Filipenses y Filemón. Ésta última es la más pequeña obra del N.T., pero no por eso la menos interesante. La que podía haber sido una simple carta coyuntural y, desde luego, personal, como la que nos ha llegado de Plinio a su amigo Sabiniano, trasciende esos límites, porque Pablo lo quiere presentar a la comunidad entera. En cuanto a la Carta a los Filipenses, bastaría para justificar su importancia el precioso himno del abajamiento de Cristo, uno de los textos más reveladores e inspirados de la fe cristiana.

08- La obra de Pablo. II Epístola a los romanos

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  • BENITO ACOSTA:

    Nació en Zalamea de la Serena (Badajoz) el 14 de marzo de 1937, en plena guerra incivil.  El año 1952, entró en el Seminario Diocesano de San Atón. Se ordenó el 7 de abril de 1962 y su primera misión fue la de coadjutor de Aceuchal. Allí la gente más humilde le enseñó unas páginas de teología que no estaban en los libros. Fue después párroco de una pequeña aldea de la zona que había sido portuguesa, Táliga, donde los pobres le siguieron enseñando teología. Tras una estancia forzada en Melilla, fue párroco de La Morera, un pueblo pequeñito, donde pudo conocer a cada habitante, casa por casa, por su nombre. Se incorporó a la diócesis de Málaga, como párroco de Mollina, que fue para  él como estrenar su ministerio, con la alegría de contar con un equipo magnífico de compañeros. El pueblo siguió siendo su gran maestro, junto con el Evangelio. Después de diez años en Villanueva de Algaidas, pasó un largo tiempo en una barriada humilde de Málaga ciudad, Granja de Suárez, una parroquia muy peculiar. En este tiempo tuvo la oportunidad de publicar bastante material del que había ido trabajando desde que se ordenó, escrito fundamentalmente de noche, en las horas en que podía trabajar más tranquilo. Actualmente, sus mayores satisfacciones provienen de un trato muy cordial con nigerianos, donde encontró una gente encantadora de fe sencilla, de los que ha seguido aprendiendo mucho cada día. Actualmente está jubilado y vive en una residencia de ancianos.

  • 427 PÁGINAS

    TAMAÑO A5

    ENCUADERNACIÓN RÚSTICA.

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